San Antonio Necua, un proyecto ecoturistico
Escrito por Efraín Chaparro
Auka…Fue la primer palabra que escuché de la gente locataria de la población de San Antonio Necua (Cañada de los Encinos.) “Bienvenidos,” nos dijo Don Javier a quienes visitamos esa mañana con toda las ganas de conocer un proyecto ecoturístico de la comunidad, además de disfrutar un poco de la naturaleza y desconectarnos de la ciudad, del white topping y el asfalto.
Es fácil llegar a este poblado siguiendo la ruta del vino cuando desconoces los caminos como yo y sobre todo, cuando vas con un amigo-chofer el viaje se vuelve más atractivo aún. Te dedicas a observar el paisaje, cada detalle, los cercos de madera, los sembradíos, las vacas y los caballos, mientras el olor entra por la ventana lentamente y vas relacionando lo visual con el olfativo, hasta crear la imagen que tienes de un rancho, de naturaleza pura, tranquilidad y terracería, polvo, víboras, sol intenso. Y si te lo permiten los demás viajeros, comienzas a preguntarte, mientras te vas adentrando a la comunidad: ¿tendrán internet? ¿agarrará la señal mi celular? Si, porque entre el cotorreo y la música, algunos integrantes y ciertas bebidas, te mantienes mentalmente en el mundo citadino, en esta corriente de diversión clásica de los fines de semana tan acostumbrados de la gente de nuestra ciudad, donde los bares proliferan así como sus vástagos fieles.
Afortunadamente, en este viaje nuestra primer opción gobernó dentro de la camioneta de la compañera conductora Alma. Así, quienes viajábamos con ella fuimos compartiendo a detalle la gracia y obra de nuestra Madre Naturaleza. Desayunados, con víveres suficientes y buena vibra es que entramos a San Antonio Necua, comunidad Kumiai que en historia data de miles de años. Punto y aparte puse yo después de escribir las palabras miles de años, tan rápido fue escrito y leído como si no significara nada, pero no es así. Al bajarnos de la camioneta y prepararnos para el viaje a caballo, mi mente aún seguía pensando en esos miles de años y en tan solo los cientos de descendientes que viven allí en la actualidad.
Árboles enormes y el sonido del río que corre a nuestro lado igual atacan tu esquema existente y le dicen a tu cerebro, a tu oído y a tu piel que estás en medio de la naturaleza. Así es que mientras voy disfrutando el camino, converso con mis compañeros y hacemos tiempo para esperar a que Don Javier traiga los caballos ensillados y para que podamos hacer el recorrido hacia la Cascada.
Al acercarse nos dice Don Javier que un compañero de la comunidad no pudo prestarle su caballo, pues había fallecido recientemente debido a un problema con una inyección que le puso, por lo que no completaría los caballos y en el viaje algunos tendríamos que ir en la camioneta y sólo tres irían a caballo. Rápidamente el compañero Gerardo y yo decidimos seguirlos en el carro, mientras que Alma, Alejandrina y su papá, Don Benito, recibieron las instrucciones para cabalgar río arriba.
El recorrido fue sorprendente, tanto para nosotros como para mis compañeros que iban a caballo; aunque confieso que al avanzar y sobre todo al atravesar el Río sentí como si irrumpiera la gentil y delicada piel de nuestra Madre Naturaleza, así que preferí concentrarme en la plática y descubrí cosas muy interesantes que nos iba platicando Don Javier acerca de charrería, los caballos, diferentes oficios, sueños, rituales mágico-religiosos, toloache, salvia, gente que llega y se va; y entre tanto, algo que me llamó la atención fue una explicación interesantísima sobre una planta llamada “siempre viva,” la cual nos señaló sobre una roca mientras viajábamos y Gerardo decidió parar la camioneta para observar dicha planta silvestre, Don Javier estaba a punto de acercarse a ella cuando vi que pegó tremendo brinco hacia atrás debido a que a un lado se encontraba una pequeña y bien enroscada víbora de cascabel, nos comentó que por lo general donde hay una “siempre viva” hay una cascabel esperando, así que sólo un par de fotografías de lejos y llantitas pa’ que las quiero, continuamos nuestro recorrido.
La casa de Don Fernando García es una maravilla. También cuenta con una caseta de cobro para poder accesar a la Cascada, de la cual mucho antes de llegar vimos un letrero que indica el pago de 25 pesos por persona y, según una fuente muy confiable, en ocasiones hay qué agarrar de buen humor a Don Fernando, pues puede que nomás no pase uno, aunque pague el doble.
Ya bajados del 8 caballos de fuerza y acero, a mis compañeros de carne y hueso es decir, Don Javier y el compañero Gerardo nos recibió Doña Josefina esposa de Don Fernando, una señora carismática, amable y hogareña quien nos ofreció unas empanadas hechas con sabor único, el cual creo proviene de toda la tranquilidad que el lugar y su familia transmiten.
Mientras la aventura continúa, no deja uno de pensar en que el camino es estupendo, mágico, relajante y al parecer, para quienes iban a caballo ¡mucho más!, ya que se podían escuchar risas que te contagiaban durante esta parte del recorrido.
Nos comenta Don Javier que todo esto es parte de un proyecto que desean implementar para atraer más turismo a la zona y sobre todo, un modo de sustento para su comunidad. El viaje a caballo y el deleite del paisaje es la atracción principal y es a la que le están apostando nuestros compañeros.
Después de un buen rato, nos reencontramos con quienes cabalgaban sobre el río y comentaron con gran ánimo la grata experiencia. Más adelante volvimos a cruzar (para mi dolor) nuevamente el río y bajo unos árboles se quedó la camioneta para poder continuar nuestro recorrido a pie, hasta llegar al paraíso prometido. Obviamente, los demás continuaron a caballo, nosotros tomamos las mochilas, ingerimos ciertos líquidos y seguimos charlando entre rocas, arena y el sonido cada vez más cercano del agua que caía de la bella cascada.
Ah, el paraíso terrenal se hacía posible gracias a la buena guía de Don Javier y su ayudante, el compañero Beto. Varias personas disfrutaban de la caída del agua, una cascada excelente que al caer forma una leve brisa y que es justamente el detonante para querer lanzarte a la pequeña laguna y nadar, tomarte la foto feliz, quererte quedar para siempre disfrutando de esa maravilla.

Después de un rato, continuamos el camino río arriba hasta encontrar el yacimiento de un manantial de agua caliente, volviendo el momento en algo perfecto y sublime, pues sientes que no puedes pedir nada más que esto para ser feliz: no hay señal en nuestros teléfonos, ni siquiera nos acordamos de ellos; no hay ruido de carros y gente pidiendo dinero, no hay pleitos ni violencia, no hay calles que cruzar, ni gente con rostros perdidos en sus problemas cotidianos. Sólo hay música que se compone del sonido del agua que es arrastrada por el río, los árboles que son mecidos por el viento, el coro de los pajaros y el eco de nuestro susurro, mientras damos gracias una vez más a la naturaleza, por estas bendiciones que nos ofrece.
No podemos mantener el agua en nuestras manos, pero al momento de tomarla entre ellas algo le sucede a la piel y el mensaje de nuestro cerebro es de satisfacción, sin duda alguna. Así fue este momento vivido. Después de haber capturado cada detalle de éste hermoso lugar tuvimos que emprender el camino de regreso a la ciudad, a la gente, al tráfico. Ahora para recordar ese sentimiento, sólo nos costará regresar a casa y bajar las fotografías en la computadora, aunque con cierta nostalgia, claro está.
Dicen que uno no debe voltear para atrás cuando se va, pero estando aquí es imposible no hacerlo, volteas, volteas, y vuelves a voltear. Y cuando te has alejado del lugar, un dejo de melancolía te mantiene cautivo, mientras la terracería y luego el asfalto de ponen de regreso a la gran ciudad.
Nos despedimos de Don Javier, no sin antes agradecerle todas sus atenciones y deseándole el mayor de los éxitos en este excelente proyecto.
Contento y con todo el ánimo de regresar pronto me encuentro aún días después de haber vivido esta experiencia…te la recomiendo.










































